Mis relatos


El MP3

Es una mañana de sol y una brisa suave hace sonar las cuerdas de los veleros amarrados en el Puerto del Masnou en Barcelona. Se escuchan algunas gaviotas en la estación de Renfe, dónde espero el tren que me lleva al centro .
Unas cuantos están aguardando, es hora pico, muchos van a las Universidades, otros a sus oficinas.
Veo personas ensimismadas en alguna lectura. Otras usando el móvil para comunicarse vaya a saber con quién y otras sólo se dejan acariciar por el sol sentadas en un banco.
Me llama la atención el adolescente de pantalones grandes, y ojos profundos, que está sentado, y detengo mi mirada en él.
Parece estar al margen de este planeta con sus cascos en las orejas  Está  lejos, como si la maravillosa tecnología lo secuestrara del mundo.
A su lado, está sentado un abuelo de traje gris, cabello gris, lleva sus zapatos muy lustrados y una corbata que seguramente tiene unos cuantos años.
Su mirada es triste, sus manos están vacías y parece estar pensando,  aunque a la vez lo veo atento a lo que sucede a su alrededor.
Ya se acerca el tren, me acerco al borde del andén y  lo veo venir a la distancia, además lo puedo escuchar aunque aún es casi imperceptible.
El abuelo, al ver mis movimientos, se alerta de la venida del tren y se pone de pie con algo de dificultad. Seguramente busca un sitio seguro para evitar los empujones típicos entre los que bajan y los que suben.
El adolescente que está a su lado, continúa absorto sentado en el banco. Me pregunto qué música estará escuchando porque alcanzo a oír algo pero no puedo distinguirla.
-Es muy joven, seguramente no le preocupan los empujones- pienso yo mientras escucho el anuncio del tren que está llegando por la Vía 1 con destino a Plaza Cataluña.
El tren interrumpe en la escena, se abren las puertas,  las personas comienzan a bajar y otras a subir al mismo tiempo.
En ese momento, el adolescente se sobresalta y se pone de pie rápidamente  dirigiéndose al vagón y  llevándose por delante al abuelo. Yo veo la situación  y trato de dar lugar al anciano desconcertado y a la vez intento subir como el resto de las personas para no perder el tren. Pero en ese mismo momento del traspié escucho el sonido de monedas que se estrellan en el andén, era una billetera que caía de la mochila del adolescente. Éste por supuesto no escucha y desaparece entre el tumulto de los que ya estaban arriba del tren. La billetera queda entre los pies del abuelo.
-Qué puede importar la billetera de este niñato- pienso,  mientras doy por vencida mi cortesía y subo en el último instante cuando las puertas ya se  cierran.
El abuelo que debido al traspié queda un paso más atrás, al escuchar el ruido de las monedas, se gira y con dificultad se agacha a recoger la billetera. Las puertas terminan de cerrarse y el tren comienza a andar.  Y desde arriba del tren alcanzo a ver al abuelo que con una suave sonrisa de orgullo dibujada en su rostro, busca desde el andén,  la mirada del adolescente del MP3. 

Sibila
agosto, 2009. 


La Maratón   

Estaba participando en la carrera más dura de mi vida, me sentía exhausto,  pero nada importaba, sólo sabía que tenía que llegar.  No podía más, pero continuaba corriendo sin detenerme,  exigido al máximo.  Una fuerza interna me empujaba a hacerlo cada vez más rápido,  más rápido.   El infinito esfuerzo que estaba haciendo  no contaba en ese momento.   La verdad es que no tenía ni idea cómo había llegado a ese lugar,  sólo tenía claro que había que llegar a la meta final.  La meta era algún lugar que no conocía  pero me dejaba llevar,  la fuerza de mi naturaleza me decía que no podía detenerme,   que debía seguir cada vez a más y  más velocidad  hasta llegar.
Estaba ya a punto de estallar pero continuaba en carrera, mi cabeza se dirigía firme,  sin pensar. Sólo un momento me distraje para observar el lugar por donde iba.  Era oscuro, no se veía el final  y sin embargo no titubeaba en mi recorrido, me deslizaba cómodamente a pesar de que esta hazaña me demandaba un esfuerzo inconmensurable.  También pude notar que no iba sólo, muchos como yo iban a mi lado, concentrados con la cabeza puesta en la llegada, quise contarlos pero era imposible éramos millones. No podía distraerme porque arriesgaría así  un milisegundo de velocidad. Sólo quería llegar primero, entre tantos no sabía si eso era posible, aunque podía ver como muchos iban abandonando.
-        ¿Quién me había apuntado en ese desafío sin precedentes? -  me pregunté
No tenía idea del tiempo pero de pronto por allí una curva,  y tras ella  pude divisar otro ser,  si bien me sorprendió,  pude notar su presencia pero no lo pude esquivar.  La velocidad asfixiante  que había adquirido hizo que el choque fuera  frontal,  fuerte, demoledor, en un instante pensé que todo había acabado.  En ese instante de pánico,  sentí que atravesaba una pared, una pared que no fue dura como imaginaba,  más bien húmeda, como elástica. Un momento más tarde y como por arte de magia ya estaba repuesto  y  listo para retomar   la carrera.
Todo sucedió tan rápido que no podía explicarlo,  como si  ese ser se hubiese acoplado a mí,  perfecta y sigilosamente, ahora éramos dos en uno. Es cierto también,  que a partir de ese momento,  misteriosamente, mi velocidad disminuyó hasta casi la quietud.    
Unos momentos más tarde,  un cambio extraño se produjo en el ambiente y entramos en otro sitio, eso no me lo esperaba, tuve que detenerme, parecía el final del camino.  Me sorprendí, tuve miedo, mi situación había cambiado.  
-        ¿Qué  podía hacer ahora? – me pregunté
Allí mi ritmo se desaceleró por completo,  el clima era totalmente diferente en ese lugar, una calma profunda e infinita me  invadió.  El contraste de esa calma con el recorrido que había hecho hasta ese momento,  me hicieron pensar otra vez que estaba por estallar en pedazos,  pero esta vez de éxtasis o algo así.
No veía salidas de aquel lugar. Me invadió la confusión,  pero eso no importó porque comencé a notar con sorpresa,  que a mí alrededor todo era acogedor.  Un aire cálido y agradable me envolvía y abrazaba tan suavemente que quise quedarme allí para siempre, sin saber porqué me sentí  a gusto y en calma.  
De repente comencé a percibir cambios  muy sutiles en el ambiente que me rodeaba  y todo comenzó a acelerarse otra vez. Pensé que iba a tener que retomar  la carrera, o que finalmente estallaría en mil pedazos, pero la aceleración parecía estar en el mismo sitio, o más bien dentro de mí, esta vez no tenía que hacer esfuerzos.  No sabía lo que estaba sucediendo y eso me asustaba.
Sin moverme del lugar, la transformación que comenzó a producirse en mí, me hacía sentir más parte del lugar, como si ya no pudiera irme,  yo ya no era yo.   Cada instante que pasaba descubría nuevas partes en mí.  Al principio fue  un fuerte golpeteo que me aturdía y sentía muy cerca con el mismo ritmo sin parar,  ese  latido al que después me fui acostumbrando.  Más tarde  me aparecieron, piernas, manos, ojos, orejas, pies, cabellos, uñas, y más y más, me pregunté donde acabaría esto.
Por momentos había calma,  por momentos voces de algún  lugar lejano.  De pronto me sorprendían algunos movimientos muy bruscos que me obligaban a cambiar de posición  y  enseguida volvía a sentirme cómodo.
Estando en ese ambiente tan dulce y sereno, en ningún momento me sentí solo  porque no estaba solo, ese ser que había descubierto en aquella curva continuaba a mi lado ya como parte inseparable de mí.
Creo que había pasado mucho tiempo,  cuando de repente me sorprendieron unos  temblores y agitaciones desconocidos para mí,   otra vez me hice preguntas y volví a tener miedo.   Esa fuerza extraña  me empujaba hacia otro sitio pero brutalmente,  yo me resistía, porque quería quedarme, pude escuchar  voces, nuevos sonidos,  la verdad es que otra vez no entendía que estaba sucediendo, también sentí dolor.  Sin saber cómo ni por qué,  fui expulsado muy rápidamente.  Extrañé mucho mi lugar y me salió de adentro un grito desgarrador que jamás había oído.
En un abrir y cerrar de ojos, me encontré en otro lugar, con otra temperatura, distinto olor y color, no entendía lo que había sucedido.  Este sitio era  nuevo para mí y  a partir de ese instante, entendí que  estaba muy lejos de aquel lugar tan entrañable al que nunca volvería.  Me sentí  completamente perdido.
Con el paso del tiempo fui aprendiendo de este  lugar donde aún estoy, por ahora.
Todo cambia todo el tiempo, debo adaptarme constantemente, no lo comprendo pero la incertidumbre se disipa en cada transformación y ya no me hago tantas preguntas.

Sibila
Enero, 2010


Mi madre.

El frío de las madrugadas en mi pueblo era una tortura, por eso mi madre solía untarnos las manos con aceite de almendras, para que al menos las manos no dolieran. Esa mañana creo que se le olvidó, y además su mirada seria y lejana a la vez, me alertaron de que ese no sería un día como todos. 
-Ha llegado el momento de partir hijos. Ya son  hombres fuertes, dijo mi madre sin levantar la vista. 
Miré a mi hermano Manolo, que lentamente salía de la cama, y busqué en él al hombre fuerte  porque no entendía a quién se refería mi madre, él lucía tan encorvado como siempre y era más delgado que yo.
-¿Pero ...qué has dicho madre ...? ¿Por qué...adónde? No, no,  entiendo...- dije. 
Mi hermano se vestía  sin hablar, sin reaccionar y yo preguntaba a gritos una vez y otra vez a mi madre.
- Rogelio, es una decisión tomada – me contestó finalmente mi madre.
Teníamos 13 y 15 años, mi hermano era el mayor.  Aquéllos eran tiempos difíciles en nuestra tierra, los soldados estaban por todas partes y todos en el pueblo  parecían tener miedo de hablar, de sonreír, se respiraba intranquilidad y resignación en las calles. 
-Viajarán a una tierra donde hay trabajo y paz. Se encontrarán bien, estoy segura-,  dijo mi madre. 
Caminamos una larga distancia por el valle escarchado de la mano de mi madre y desde el pueblo en un carro hasta el  Puerto en Vigo. Los buques amarrados en la costa se hacían cada vez más inmensos a medida que nos acercábamos. Alrededor de ellos la gente aguardaba impaciente atrapados en una bruma espesa y  formando filas que se entrecruzaban para subir al barco o para cargar los bultos.  En el  medio de gritos agitados, llantos, risas y abrazos de enamorados, en mi cabeza retumbaba el latido de mi corazón acelerado.  De fondo se escuchaba el canto de las gaviotas que dibujaban curvas por delante del sol que aparecía  tímido en el horizonte.  Mi madre no nos soltaba la mano y empujaba buscando encontrar  un rincón más tranquilo, allí un poco apartados de las voces, nos detuvimos. Miré a mi madre, miré a mi hermano y agitado tomé conciencia de esa despedida. 
- Siempre tengan coraje y no miren atrás que la Virgen siempre los acompañará- , dijo mi madre mientras ponía en nuestra mano una estampa de la Virgen de Covadonga. También nos dio una caja con alimentos que había recogido allí  y el pan que hacía unas horas había horneado. Mi hermano recién en ese momento pareció reaccionar de alguna manera porque comenzó a temblar y a llorar.  Yo tuve la profunda sensación de dolor que duele en el cuerpo y abracé a mi madre. Ella era  la mujer más fuerte del mundo, pero en ese momento por primera vez vi que sus ojos brillaban de lágrimas,  nos besó la frente  y con un gesto nos indicó que subiéramos al barco.
Nos alejábamos de mi madre siguiendo su mirada mientras subíamos muy lentamente  al barco, ella mantenía la mano en alto, hasta que la perdí entre la multitud,  quise volverme y comencé a empujar mientras mi hermano gritaba desconsolado ¡Madre,  Madre! estirando su brazo como intentando alcanzarla. 
Ya en el buque, en el medio de bultos y voces desconocidas buscamos algún sitio sin mucha suerte.  Estábamos muy cansados de llorar y nos quedamos dormidos en el primer rincón que encontramos.  Cuándo despertamos, creo que ya habíamos zarpado, todo fue transcurriendo muy rápido. Los días eran penosos aunque entre Manolo y yo algunos  momentos se transformaban mágicamente en un juego más de los que solíamos compartir en los campos de mi pueblo,  arriba de los árboles cerca del río. En el  buque nos perdíamos, había infinitas puertas, personas por todos lados, en su mayoría hombres que se pasaban horas acostados en el suelo o en catres,  o cantando como el alemán con su acordeón y una armónica. Pero cuando llegaba la noche yo recordaba a mi madre, y mi hermano también, él la llamaba en los sueños y lloraba.  A medida que iban pasando los días y las noches Manolo comenzó a debilitarse, apenas comía  y fue perdiendo el interés para jugar también. Me preguntaba por Madre y yo no le respondía, alguno de los dos debía ser fuerte, yo lo observaba  todo el tiempo porque me entristecía ver como se debilitaba, tenía convulsiones, fiebre.  La fiebre, todos hablaban de ella como si fuera un pasajero más. Algunos decían que no iba a resistir por eso yo no dejaba de hablarle, proponerle juegos, y me dormía a su lado abrazándolo para darle calor y esperando que volviera a ser el de antes.
Después de no sé cuántos largos días, escuchaba a todos murmurar por los pasillos  porque estábamos frente al puerto de Buenos Aires.  Algunos celebraban cantando y otros no podían hacerlo porque estaban muy débiles sin poder moverse como Manolo. Los pasajeros impacientes,  se acercaban a la borda y ocupaban  distintos lugares cerca de las salidas en medio de carcajadas, llantos temerosos y peleas.  
Finalmente el inmenso buque se detuvo lentamente frente a las costas de Buenos Aires,  todos estaban listos para bajar pero había que esperar porque unos botes se acercarían.  Subieron unas personas que controlaban los papeles de cada uno, y recién después de eso se podía subir a las botes.  Yo fui uno de los últimos en dejar el barco  junto con mi hermano que iba en una camilla. El médico que lo revisó antes de bajar  me hizo muchas preguntas. Tuve dificultad para entender pero él fue paciente, noté un gesto de piedad hacia mí cuando me dijo que mi hermano estaba grave, que tenía mucha fiebre y que lo trasladarían al hospital. 
Unos minutos más tarde pisaba por primera vez esta tierra que no era la mía pero que por algún motivo me estaba esperando y no pude más que sorprenderme con todo lo que veía. Oí diferentes voces y gritos que llegaban desde otros buques, porque el nuestro no era el único.
Caminando en tierra firme las piernas me temblaban y el sol me enceguecía,  apenas podía divisar las caras de las personas que  nos acompañaron hasta unos inmensos edificios muy cerca de allí, pasamos primero por una plaza central y llegamos a un hospital. A mi hermano, lo acomodaron en una cama y a mí me dijeron que tenía que presentarme en otro de los edificios para entregar unos papeles. Pero yo no quise separarme de Manolo así que me quedé allí a su lado en medio de lágrimas. Más tarde una enfermera se acercó, me observó y me dijo que le gustaban mis ojos color miel,  revisó a mi hermano y también me trajo un plato de comida caliente.
Recuerdo aquél primer plato en el nuevo mundo,  como un manjar que me hizo sentir feliz por un momento, me trajo recuerdos de mi madre, de sus manos de su mirada. No podía dejar de pensar también en mi hermano que podía morir, verlo así  me partía el corazón.  Sentí miedo y soledad.  Mirando la puerta de esa  sala inmensa dónde estábamos él y yo,  imaginé que mi madre entraba por allí y así me quedé dormido, abrazado a mi hermano.   

Sibila
Junio 2011, Frankfurt am Main 


Música de fondo
(Primera Parte )

Las gotas de su sudor volaban y se estrellaban frías en mi cuerpo.  Él empujaba una y otra vez con una fuerza animal mientras acariciaba mi cabello  y mis pechos.  Las patas de la cama chirriaban en el suelo,  yo pensaba que alguien podía escuchar,  pero una música de fondo que venía de afuera en el momento oportuno disimulaba mis gemidos.
Sus manos empapadas de sudor,  transmitían una fuerza inacabable para seguir amándome durante horas.
Yo lo observaba mientras se movía encima de mi cuerpo, sus ojos se cerraban pero de repente se abrían y cuando se detenían en los míos parecían inflamarse de agua conteniendo alguna pena. Una vez que su cuerpo volvía a la quietud, se recostaba a mi lado abrazándome y  yo podía oír como el latido de su corazón de a poco volvía a la normalidad.
Por primera vez  un hombre me intrigaba tanto, su forma de tocarme, de mirarme era especial parecía que me amaba,  aunque yo no entendía mucho de esas cosas.  Ya llevábamos un tiempo encontrándonos, pero pocas veces había escuchado su voz, un hombre de pocas palabras. Pero sus ojos, me parecían más sinceros que  las falsas palabras de tantos hombres que había conocido.     
Antes de dejar mi habitación siempre hacía lo mismo y en  el mismo orden. Acariciándome el cabello  me preguntaba si estaba bien, secaba el sudor de su cuerpo y se vestía lentamente recorriendo  mi cuerpo con su mirada. 
Me visitaba casi todos los fines de semana, por el atardecer.  A veces tomábamos una copa en el bar y hablábamos sobre la música que se escuchaba por allí, tan particular, mezcla de bandoneón y guitarra andaluza, que despertaba pasión y llamaba a bailar.
Así era, los sábados me despertaba la ilusión que nunca había tenido , ordenaba mi habitación con más esmero que otros días, la perfumaba con limón y menta y lavaba mi largo cabello con agua de rosas.
Pero aquél  sábado yo estaba particularmente impaciente. Me miré en un gran espejo raído que había en mi habitación, y vi reflejada una mujer con cuerpo de niña muy delgada de cabello negro azabache,  igual al de mi madre india,  y un presentimiento triste me invadió.  
Él golpeó la puerta suavemente y entró, yo estaba junto a la  ventana y desde ahí lo observé esperando que se acercara. Así lo hizo,  pero antes dejó su sombrero sobre la silla que estaba al lado de la mesa de luz.
Ya junto a mí, me acarició el cabello mientras yo observaba a través del vidrio que daba a la calle,  por unos largos instantes se hizo un silencio profundo que él interrumpió:
-¿Quiénes son?, ¿Los conoces?-
Me estremecí al escuchar su voz.  No supe contestar, me ruboricé y no me salieron las palabras.
-No me gustan esos hombres-  dijo él.
Él me abrazó con fuerza, y sentí sus manos tibias que se deslizaban por mi vestido.  Me tomó por la cintura y bruscamente me acercó hasta la cama.  Allí, otra vez, me empapó de sudor entre caricias, a la luz de un tenue hilo de luz de farol,  que entraba por las rendijas de la persiana. 
De  afuera comenzaba a escucharse el sonido de una guitarra y una voz bonita que acompañaba, pero con el correr de las horas,  las voces y la guitarra fueron  transformándose en gritos, golpes y ruidos de botellas.
Él, que parecía dormido a mi lado, de repente se sobresaltó por los ruidos y rápidamente de un salto se acercó a la ventana.  En ese instante su cara se transformó.  
 - ¡Mi hermano!- exclamó, mientras salía corriendo. Apenas alcanzó a vestirse.
Yo lo seguí, tomé sus cosas y pretendí acercárselas, corrí detrás de él, llegué hasta la entrada, pero él ya  había desaparecido a la velocidad de un animal salvaje.   
Volví por los pasillos lentamente hasta la habitación, apesadumbrada.  Ya en la habitación,  desde la ventana, observé horrorizada la escena. Mucha gente que rodeaba a dos hombres que yacían en medio de un charco de sangre.
-Era él – pensé sintiendo que mi corazón se agitaba. 
Entre las piernas de las personas que rodeaban el lugar del hecho, creí distinguir su cabellera espesa sobre el suelo empedrado y lloré desconsoladamente.
Me había enamorado de ese hombre y no había podido decírselo, la vida en un segundo  había hecho añicos mi  ilusión.
Más gente se acercaba al lugar, llegaron policías, los ruidos y las voces retumbaban en mis oídos, me sentí desfallecer , pero alcancé a escuchar que se hablaba de un prófugo, de un asesino.
Caí exhausta de pena en mi cama, aún caliente  y noté que en la mesa de luz había dejado como siempre, el dinero del servicio. 
Lloré lloré sin consuelo.

Sibila
enero 2011

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